domingo, 20 de febrero de 2022

La ciencia doméstica



La abstracción y el río Paraná, el sedimento, los cuidados.

Llene el piletin en casa y me prometí esta vez cuidarlo y como siempre no lo hice, busqué un nylon de un colchón pero no era lo suficientemente grande para cubrirla entera. Ahora compra una manguera corta de 4 metros y coloco una parte adentro y una parte afuera tocando el fondo del piletin. Me meto adentro y revuelvo el fondo con un escobillón que se arme remolino y chupo la manguera para que empiece a salir onda dragado, entonces me acuesto lentamente para que se mantenga al medio el sedimento y la voy filtrando. 

En la obra Tesoro de Belén Céspedes seleccionada en el Salón Provincial de Entre Ríos se nos presenta una verdad a cotejar: “arena y agua del río Paraná 08 / 21”. De alguna manera, se nos propone un pacto de confianza donde lo que se nos dice que es arena, lo que se nos dice que es agua, río, Paraná y una fecha lo es. No veo motivo para no creerle, mas tampoco para creer a ciegas. La suficiencia y potencia del objeto encontrado.

Me imagino en el año 2083 un grupo de científicos viajan por el mundo buscando los últimos restos de agua dulce que alguna vez inundó esta parte del continente, y que como diría Eduardo Holmberg en su viaje a Misiones por el río Paraná en 1884: “Hubo un tiempo (...), en que las aguas del río no se arrastraban en el cauce actual. Las ostras se multiplicaban cerca de Corrientes; tiburones llegaban hasta Santa Fe; y las anchoas que hoy suben poco más allá de Buenos Aires, servían de alimento a muchos de los habitantes ribereños del inmenso brazo de mar poco profundo que se extendía en lo que hoy ocupa la cuenca del Paraná.”.

Científicos que en el futuro también son medio artistas se encuentran con la obra de Belén, y al analizarla con el fin de salvar al planeta multiplicando el contenido con reactores de litio descubren que no es agua del río sino agua sucia con restos de detergente con la que lavo unos platos y arena de patio o baldío. Pero, aquí la cuestión para mí, lo que hace Belén es contarnos una historia y de historias, al menos yo, vivo. Además es que el dato tal vez no tenga ninguna importancia porque ya estaríamos todos muertos. 

Un imaginario survivalista me persigue en sueños ante el inminente colapso. Yo también tuve mi Victorinox trucha, una cantimplora. En mi futuro la gente no muere por derretimiento de los glaciares ya que Paraná está elevada setenta y siete metros sobre el nivel del mar. Pensé en hacer una huerta, en usar más la bicicleta, en rallar jabón y agregarle limón,  en envolver los libros reutilizando los papeles cuando recibo regalos. Pero no hice mucho más y creo mucho más no haré, solo seguir revisando el precio de los dólares, los descuentos de la app de YPF, los plazos fijos y mi tramite de libre de deuda  en ATER.

Nada le deberemos al futuro hasta que lo miremos de frente.

Le pregunté a Belén si la tapa estaba sellada,  y me dijo que si, pero que con  un poco de fuerza la abriría. ¿Por qué no aprovecho un día de estos y lo compruebo por mi mismo? Le puse aceite a la tenaza asi que no debería tener mayores inconvenientes, pero el arte no está para resolver mi neurosis sobre lo que es y lo que no es. O si?

¿No será Tesoro una pieza de humor? pienso en sonrisas y miradas cómplices, en el ánimo dispuesto. Donde todo puede ser convertido en commodities Belen hace foco.

Tesoro, conserva agua y arena, pero, ¿Cómo lo hace? Cómo en los años de estudiante, que etiquetaba la vianda que me mandaba mamá, unas milanesas al horno, un arroz con huevo, una porción de tarta que no quería compartir con mis compas de departamento. Qué comía un poco a escondidas o cuando me encerraba en la pieza. Tesoro se inscribe en el conceptualismo de baja insistencia entrerriano que no completa formularios, que no llega a los 1000 caracteres que exige la descripción para obtener becas, premios o inviten a simposios. Tesoro puede convivir tranquilamente por años dentro de una heladera, al lado del tupper de fideos con bolognesa, o la tortilla de papas que quedó del mediodía.

sábado, 12 de febrero de 2022

Conceptualismo de baja insistencia y su escuela

 Una extraña noche

Entre arena y risas

Se subía de tono

Entre hielo y discreción.

Desatar cenizas

Ceder y dejarse llevar.


Altocamet 

Pasión descalza / Velada bristol casino

 1998



Entrar al taller de Alejandro es entrar a un laberinto que construyó en Alberdi 3350 de Chajarí de múltiples ingresos y múltiples salidas. Podes entrar pensando que estás en una biblioteca y salir en un taller de grabado, entrar por el taller de cerámica y salir por la habitación de la residencia artística, entrar por el jardín y salir por su obra, y así hasta encontrarte con vos mismo en esa cinta de moebius. Pero en la obra vida de Ale está todo en proceso, sucede, transiciona, muta. Por lo que el taller de grabado pasa a ser biblioteca, la biblioteca residencia y así. Nada es fijo, antes arena, ahora cristal.
En la película Barton Fink, John Turturro tiene en la habitación del hotel donde vive y trabaja para la industria del cine, un cuadro colgado de una mujer de espaldas mirando el mar, haciéndose sombra con la mano, mirando el infinito. Una sombrilla la secunda.  No se si es una foto coloreada o una pintura, no vemos su rostro, pero sí el romper de la ola próxima a la orilla. A su izquierda una ventana, a su derecha la puerta, no superan, estimo, los 16 metros cuadrados.

Y aquí la conexión, Ale pasó un buen tiempo en Mar del Plata, y en una de las entradas que mencioné previamente, tiene colgada a la altura de mis ojos una obra pequeña. “Marina” se llama y es plástico montado sobre un marco antiguo. El plástico es celeste, plástico rescatado, recuperado de la calle de bolsas de supermercado o algo así. Entonces las diferentes exposiciones al sol de esos plásticos hacen que se generen velados entre unos y otros. Barton Fangi / Ale Fink (?) Pero a diferencia de Fink, Ale conoce y entiende la industria de las artes visuales, sus mecanismos, sus disputas y tensiones. Y así cada charla con él es sinónimo de regocijo y de complicidades.


Hacer de una obra algo cotidiano, pasar por el costado. Al estar en un pasillo de 80 centímetros no se genera una distancia por lo que la experiencia frente a “Marina” es inmersiva y debo cubrir mis ojos, hacer sombra con la mano.

Le digo que esta obra nos sobrevivirá, me cuenta sobre la vida de un plástico, de los que hay ahora que se desintegran. Me quedo con eso que parece eterno y tal vez mañana no exista.

¿Qué ficción nos salvará?
“Bonito día, he dicho bonito día. Sí, lo es. ¿Qué hay en la caja? No lo sé. ¿Es que no es tuya? No lo sé. Eres muy hermosa, ¿trabajas en el cine? No digas pavadas”.

Dejar huella y retirarse. Pero no será una huella indeleble, estanca, o normativa. 

“La plasticidad es el cuerpo del tiempo, o el cuerpo convertido en tiempo. El cuerpo del tiempo, es también, por supuesto, el cuerpo del sujeto” nos dice en La plasticidad en espera, Catherine Malabou.

Me gusta la idea de un conceptualismo de baja insistencia y una posible escuela. Allí donde se suele hacer del esfuerzo, desarrollo, proyecto y concentración un culto, Ale se desplaza con rodeos, con varios caminos a la vez sin entrar nunca en un cuello de botella.

Mientras conversamos hace compost, hablamos sobre la conexión Arena - Oro - Dinero.
Quedar ciegos ante su presencia, entrecerrar los ojos para ver mejor. ¿No es eso el arte, una ceguera temporaria, un agudizar la vista?


Recostadas unas sobre otras están las matrices de las últimas obras que está haciendo. Son billetes alterados, con próceres mutantes, de un solo ojo dorado, como esas imágenes que te siguen con la mirada.
Juguemos a intercambiar obras de Ale para cancelar deuda con el FMI o no. Pero estos billetes tienen un valor de cambio. ¿Será legal?
Hay un retrato de Beatriz, pero no estoy seguro de haber visto el de Jorge. Se enciman las colecciones de Dartagnan, El Tony, National Geographics, Mafalda, Tit-Bits, fascículos sobre la segunda guerra mundial, la lista sigue. Atesorar revistas y atesorar billetes.
Me estaba olvidando de la línea de horizonte, que a diferencia del cuadro de Fink que se sitúa exactamente en el medio de la obra, el de Fangi nos desborda, no hay horizonte al que aferrarnos, es como una maraña o enramada, hecho de capas, sábanas o cortinas.


Busco en youtube material sobre Ale y en un video sobre gestores culturales, ante la pregunta de qué consejo dejarle a las nuevas generaciones lo resume en cuatro palabras: trabajo, capacitación, disfrute, y pasión. Ahí una escuela


miércoles, 26 de enero de 2022

Polvo que se junta sobre la mesa

Escribo mientras caliento el pan con el que voy a desayunar. Desayuno mientras miro el teléfono. Miro el teléfono mientras pienso donde conseguir alguien que arregle el ventilador de techo.


Lo cotidiano se ha vuelto un tiempo de haceres dobles, triples. También de momentos simples. Se puede dibujar y hacer muchas cosas más. Conversar con quien amamos, alzar al gato en nuestra falda, prepararnos un mate.

Entre estirar el tiempo y fragmentarlo. Habría una aparente contradicción ahí pero no es así. Intentamos fijar en la memoria lo que nos rodea pero se nos escapa como cuando abrimos mal un paquete de polenta y lo dejamos mal guardado en la alacena. La próxima vez que la utilicemos será un desastre.


¿Cómo se manifiesta el paso del tiempo al que alude Fede? En la luz, el polvo que se junta sobre la mesa o sobre el pinguinito que funciona de maceta, en la tinta al secarse. Soy de pasar el dedo sobre la biblioteca y hasta siento cierto placer al ver como esa pátina se pega al pasar un dedo.
¿Cómo se manifiesta lo cotidiano? En la performatividad del dibujo y su escala doméstica, en el pequeño formato de sus obras. Se dibuja mientras se piensa. El pensamiento se manifiesta al dibujar.

Volver a la luz, no como artificio plástico, o como virtuosismo del artista, en la que cual mago hace algo visible desde su torre de cristal. Sino una luz física, sobre cuerpos, sobre objetos, sobre espacios. Fede trae a Veermer al siglo XXI.

Dibujar para él sería el grupo de whatsapp consigo mismo.

Nada de lo que se ve sucede a más de un metro de distancia. Si estiro mucho el brazo llego a tocar la copa de vino que está sobre la mesada. y hacia el otro lado cierro la cortina que da al balcón. ¿Hay un montaje interno en lo que se retrata? ¿Se puede extender el retrato a una manguera o la bacha de cocina?.

Una pared de fondo, una ventana entreabierta. ¿Qué hay más allá de eso, del otro lado?,¿Y a su espalda? ¿Será que Fede dibuja desde donde se mira? ¿ El punto de vista se construye se simula se monta?

La posición del cuerpo a dibujar, la vista hacia abajo, caminar mirando los pies. Me recuerdo caminando por calle Misiones y encontré una colección de diapositivas de una familia que nunca conocí. Hay algo en la flexión del cuello, en la garganta, la flexión del codo, el movimiento del ojo, levantar la vista y encandilarse.



Sobre Lo cotidiano. de Fede Main. 2021.

sábado, 29 de mayo de 2021

Gota de lluvia baja y forma un río


Hay una obra de Valentina Bolcatto en la que está sobre lo que parece un techo de chapas, en una tarde de sol y se pone barro en las piernas, y se quita barro de las piernas de una pequeña montañita que se arma a su lado. Un aparente vaivén o tiempo detenido. Ella está descalza, de pollera y solo se ve de su cintura para abajo, las piernas descubiertas.

La historia del arte entrerrianx está hecha de oralidad, de confusiones, de marchas y contramarchas. La obra que menciono es un video. ¿Tenía audio? ¿El audio era de sonido ambiente o de ella o alguien leyendo un poema? Era un video en loop sin principio ni fin? Siento que estoy a la velocidad de la luz y viendo la vida al revés.

Le pido a Valentina que me mande un video performance que vi de ella hace también mucho tiempo, donde colecta gotitas de lluvia también de un techo de chapa con una taza.

Su mente y su brazo funcionan leyendo un algoritmo oculto, una anticipación,  un mecanismo que va del codo al hombro a la mano a la taza a los ojos, a la rotación de la cadera.

La cámara fija detrás de ella, en un plano general, con luz natural de día nublado. 

Qué pasará cuando la taza se llene, o cuando deje de llover. Seguiremos ahí mentalmente.

Lavar, lavar y mojarse. Si no vieron las pinturas de Valentina, tienen algo de eso. Dan lugar a lo velado, la veladura en el centro. De alguna manera su video está hecho de capas y capas, cual veladuras que se ponen en evidencia. Cero hermetismo. 

Hace unos días fui a un taller de imagen en movimiento, y me recordé en casa, desde adentro, desde la ventana de la pieza con una jarrita juntando el agua de la lluvia que caía por las tejas. Esa agua luego me la tomaba porque había leído que el agua de lluvia es dulce. Y era agua fresca pero llena de tierra.

Estamos entonces, pero en espejo, ella desde afuera mojándose la frente mirando hacia arriba capturando gotas, Nosotrxs desde adentro con el buzo arremangado con el vaso.

Allí en la planicie de las imágenes proyectadas sobre paredes, o en notebook sobre la mesa de los talleres habitamos.

La acción de Valentina transcurre en el patio del Museo Provincial. Me pregunto si sabrá distinta el agua que baja por sus techos. Me pregunto por los patios, por las puertas de entradas laterales, por la vez que quedé encerrado en el baño y tuve que trepar y saltar de un cubículo al otro. Pienso en los mundos circundantes, en cómo hay allí muchas otras vivencias que las que se construyen del marco hacia adentro y del pedestal hacia arriba.

Será arte aquello que la tanza resista, parecieran decirnos. Bueno, eso está por verse.


jueves, 13 de mayo de 2021

Te cuento un secreto



¿Cómo se llamaban esos cuadernitos de primera comunión? Pongo las manos así, palma con palma. Pienso, hace mucho que no hago esto, este gesto. Devocionario o misal se llaman. Había un señor, que iba con su cámara, y sabía la postura correcta. Se dedicaba a ir iglesia por iglesia, escuela por escuela. Previo arreglo con padres y madres, nos indicaba pararnos al lado del santo con las manitos así. Y si había que sumar un rosario, la caída del cabello, las orejas despejadas y en el brazo un lazo.

Fundamental la luz. Pero como la iglesia estaba un poco a oscuras el flash la simulaba, y uno miraba al flash como una aparición, como con fervor y las pupilas se dilataban por un segundo.

Porque fui educado por los ojos. Los ojos me enseñaron a pensar y a querer. A buscar un amor verdadero. A hacer silencio. Y también a mis tormentos. La altura te da eso. Me jacto de ver bien. Igual envejezco, entonces hago ejercicios con algún cartel. Cuando voy en la moto de reparto intento ver las numeraciones de las casas. Siempre puedo. Hasta cuándo no lo sé. Con la luz se educan los ojos. A veces los entrecierro, y como una cortinita las pestañas juegan. Cuando tengo que llorar primero lloro con la garganta, luego con la boca, la lengua en el paladar, luego con los ojos.

En mi foto sonrío.

Kevin convoca a Ivo, y con una foto de Noemí Betti durante su primera comunión, ilustra la portada de su último poemario. Noemí tiene los párpados y el entrecejo de Ivo.

Una vez en un taller de Kevin conversamos sobre la luz en las obras del pintor Vermeer, en cómo entran e inundan los espacios. En cómo las cosas suceden a la luz del sol. Hay una foto de él en internet regando una planta, luminoso, mirando la cámara. Porque no sabemos más que sonreír frente a una cámara. Escapamos a las casualidades. Ese naipe que encontré cuando iba cabizbajo por calle Misiones estaba ahí para que fuese vista. Para que la llevara a casa. Para que ese nueve de oro vaya a la caja de fanzines, diapositivas, tarjetas e invitaciones varias. 

Dibujo un bastón estrella de Sakura Card Captors iluminado o la espada del augurio de los Thundercats. Déjame ver más allá de lo evidente, dice León-O. Fui educado para que los ojos le den órdenes a mis manos. Así dibujo yo. A veces no le hacen caso.

Intento ordenar una anécdota. El otro día le llevé un libro. Intercambiamos y él me da Los encantados.

Le pido que me pase un fragmento de En lo visible, en lo cercano. Porque me sentía en deuda de que algo que había escrito me acompañara hacía tanto y yo no se lo dijera. Aquel en que Alicia le dice: “Te cuento un secreto. Yo —señalándose el pecho— también escribo”.

Porque se me quedó grabado, y le digo la página de la derecha arriba, pero no se el número. Kevin me manda una fotito con su celu. Es ésa.

Las cosas suceden para que él las escriba. Y las convierta en poema. O que las diga. Porque su decir es poema. Entonces, ahí está su encanto al señalarse el pecho. Ahí hay un camino que se abre para nosotrxs. Para decir en confidencia: Yo también escribo.



sábado, 10 de abril de 2021

Ruta 14 hacia ChongKing



Ahora que se reavivan debates sobre el arte de los años 90, y que para mi, chico de provincia me fueron y son totalmente ajenos, una frase, escuchada cual teléfono roto de Marcelo Pombo: “Sí, cuando yo dije esa frase en la Fundación Banco Patricios, que a mi solo me interesaba lo que pasaba a un metro a alrededor, el contexto en el que lo dije era que no estaba mirando lo que hacían los artistas en Europa o Estados Unidos, sino lo que hacían mis amigos que eran los que me influenciaban, y yo a ellos. Y ese era mi metro cuadrado.” Así durante 20 años me he dejado llevar por ese metro, metro con el que me comprometo y con el que trabajo, utilizando solo lo que hay en casa, si hay tijeras revistas viejas, televisión local, metro de afectos, lo llamo a F o J, o a R, A, G, les pregunto que están haciendo, metro perfomativo estirar los brazos metro y cuerpo.
Cuando fui a la muestra M2 de Maga Ledesma y @Fer Martínez lo primero que me y les pregunté fue por el nombre. Por lo medible, por lo dimensionable en el tiempo y en el espacio. 
El metro como doble vía, un metro hacia la cabeza y un metro hacia el corazón.
Fernando me cuenta de algunas escenas de Wong Kar Way y como inspiraron los interiores de conventillos y zaguanes que pinta. 
Metro en doble vía, Juan L. Ortiz viaja a China en el 57, de lo cual resulta El junco y la Corriente. al año siguiente 1958 nace Wong Kar Way, en 1997 viaja a la Argentina para filmar Happy Togheter. Mi hipótesis sobre su paso por Entre Ríos para ir a realizar la escena de las cataratas por la ruta 14, se reafirma. Algo moviliza a Wong a visitarnos pero no sabe bien que es. Algo del espíritu de oriente ya estaba en estas tierras… pero dejémoslo entre nosotrxs.
Será por eso los pokemones y picachus que en sus obras hacen interferencias? hay un ruido en el cerebro de las pinturas que nos dicen: esto no debería estar aquí. Hay una luz que entra por la ventana y mueve las cortinas. El cartón pintado de un set de filmación que se mueve si azoto la puerta, si cerramos para no volver. Queda la habitación vacía y en silencio, solo el sonido del corazón cuando se estruja y se quiebra un chuic y crick.
Google lee mientras escribo y sus algoritmos en la barra lateral me avisa que restauraron In the mood of love por sus 20 años y que está disponible en Mubi. Chungking Express sería nuestra Navidad en San Francisco Solano.
Si el metro de Fernando esta en espacios interiores, los de Magali se proyectan hacia afuera, hacia lo que circunda, hacia lo que se desplaza y recorre. Ella proviene de Villa Elisa, y dejo su cuidad y se radicó en Paraná. Vuelve con la cámara hacia las ruinas, un lugar que quedó así, con el mantel puesto en la mesa de plástico del patio, con el sol y la lluvia que empiezan a deshacerlo. Plantas en macetas de viejas cacerolas, cubiertas de camiones hacen las veces de asientos, los perros se suben a las mesas para ver que queda. Hay un fuego, un humo que como el tiempo todo lo consume. 

*Sube la luna de Pekin, Juan L. Ortiz


Verdad 


que hasta pisasteis, distraídamente, 


un mediodía 


de jacarandaes?


Y para los amigos que miraron, 


tal vez, desde las dos orillas de la brisa, 


qué flores las del cenit? 


Pero a vosotros, ay, los latidos míos que dejé, 


qué os enviaría desde esta agonía de la una...


Sobre m2 de Maga Ledesma y Fer Martinez. En 33 Territorio de culturas. Paraná. Febrero 2021

jueves, 28 de enero de 2021

Linterna parpadea



Hambriento, ¿quién te alimentará? 


Si tú quieres pan, ven con nosotros, 


los que no lo tenemos.


Déjanos enseñarte el camino. 


Los hambrientos te alimentarán.



Bertolt Brecht



La cebra dorada, ¿La cebra es un animal negro con rayas doradas o al revés? Hay algo de mareo.

Cuando cambias las cubiertas del auto se dice que luego es fundamental hacer alineación y balanceo. Son dos palabras hermosas.

Cada cual, rey en su reino.

A veces sueño que el auto “se me va”. Quiero frenar y no puedo, pero no es que vaya rapidísimo y esté por chocar. No, no. Se va despacito, hacia atrás o hacia adelante, aprieto el pedal y falsea. No reacciona. Y yo le digo a la gente: córranse que vamos a chocar! O si voy con gente, nos bajamos con el auto en movimiento y vemos cómo queda incrustado en una boca de tormenta o en un bache municipal prendiéndose fuego.

Existirían dos reinos: uno cotidiano hecho de impuestos, capitalizaciones, deuda, streaming, descuentos comprando desde una app, promoción y rendimiento de publicaciones, dólar ahorro, dólar turista, dólar futuro, objetivos a mediano y corto plazo, de mindfulness, de programación neurolingüística, de Google Chrome.

Y otro: Exactamente igual. Pero vivido conscientemente. 

La cuestión es… ¿habría allí un valor? y ¿cómo se manifiesta?

Flor Meyer nos toma de la mano, nos presta un esnórquel y nos sumerge en ambos mundos, el de lo consciente y lo inconsciente. Vacilar en terrenos subterráneos.

Polvos dorados vuelan en el aire de la sala. Veladuras negras sobre delgadas telas y luces puntuales, redondas. Corremos hacia adelante por ese túnel. Cueva de comadrejas, roedores y zorros debajo de troncos de árboles.

“No se fuga uno para atrás, se fuga para adelante”, dice Gabo Ferro. Raíces frescas y húmedas, vamos con las manos abriéndonos paso, cortinas que nos hacen cosquillas pero también nos lastiman y nos dejan sarpullidos en la piel. Comenzamos a gatas, como duendes bajando y bajando, pero luego ya podemos enderezarnos, de rodillas, y luego pararnos y hasta saltar, y estirar los brazos para colocar pepitas de oro en los techos de este camino abovedado.

La luz del exterior se vuelve tenue y nuestras pupilas comienzan a agrandarse, las raíces capilares generan sombras en esta caverna. A nuestra espalda la entrada comienza a desmoronarse, se llena de piedras y tierra. Quedamos a ciegas, o casi. Por el modo en que están iluminadas las obras siempre hay un juego de luces y sombras, de lateralidades. Imposible entrarles de frente sin que nuestra silueta produzca algo sobre cómo vemos las piezas.

El fuego de la vela necesita del oxígeno para arder, de un segundo al otro se apaga.

Texto escrito a partir de la muestra “El Reino de la Conciencia” de Flor Meyer en Delta espacio de la ciudad de Santa Fe.





domingo, 11 de octubre de 2020

Manos aferradas al cerco de alambre tejido



Mis sueños de futuro: 

Asensores externos a los edificios, cilíndricos de cristal, tubulares, la gente los ve desde afuera, uno sube otro baja a gran velocidad. Sueño que nunca coincide el piso al que va la persona que amo, que no podemos encontrarnos pero que constantemente estamos viéndonos. Miro mis pies y siento la presión en los oídos al subir. Un cartel indica que el sistema hidráulico está diseñado para aminorar el impacto al detenerse. Tengo miedo de que estallen los cristales del techo del ascensor y salga eyectado por el aire. Finalmente sucede. El ascensor toma tal velocidad que el vidrio revienta y quedo flotando en el aire, doy manotazos, mi estomago se comprime, hasta que empiezo a caer.
Por un tubo van y vienen cartas que conectan todo el edificio.

Sarah Connor sentada y con su cabeza apoyada en una mesa en el medio del desierto mira a una familia que juega junto a un helicóptero deshuasado. La madre alza a un niño, el padre tiene camisa a cuadros abierta y arremangada con remera gris debajo. Sarah llora y sonríe y cierra los ojos. Recuerda sueña ella detrás de una reja, mira a los niños jugar en la plaza, les grita que No que No que no, pero sus gritos son sordos. Sarah Connor de sus sueños alza a un niño y lo sube al carrousel. Es un día soleado. El hongo nuclear barre con todo el valle. Desarma edificios. Fulmina los cuerpos. Sarah sobresaltada despierta.
En la escuela, en este que tal vez sea de mis últimos años de docencia, enseño a hacer origamis. Doblo y pliego papel. Con un marcador y brillantina hacemos luego ojitos con pestañas y sonrisas. A veces necesito silencio, y es la forma que encontré de no hablar ni que me hablen. Solo nos miramos, hacemos gestos con la boca y fruncimos el ceño, achinamos los ojos. “Ok” con el pulgar hacia arriba o corazones con ambas manos cuando sentimos que hicimos todo bien.

Busco en diccionarios virtuales que significa “Circa”, nombre de la ciudad donde transcurre la aventura distopica Tekton, novela escrita por Gastón Flores y dibujada por Lisandro Estherren. Expresión latina, “alrededor” o “cerca de”. Suele usarse cuando las fechas de los eventos no se conocen con precisión. En tiempos pandemicos, mi cabeza se llena de imprecisiones. Estoy intenando buscar en internet una foto de un yacaré junto a una tortuga calcinados por los incendios que se suceden en este momento en el país. Me la mostró Vir hace unos días, pero dudo si fue ayer, o hace tres meses. Nuestro futuro, nuestro sueño de futuro, no será tal vez como el de Sarah Connor, con un botón rojo, microchips, brazos biónicos, un hongo nuclear y el logo de Skynet. Será con alimentos transgénicos, con cáncer, con toxinas, con especies carbonizadas. La muerte del hombre por el hombre. Vi un video de nutrias y carpinchos saltando desde la barranca mientras la isla se incendia.


En Tekton, el pasado y el futuro se confunden. Allí hay punks, crestas, camisas, tiradores y motocicletas, cinturones con estuches. Y arquitectura modernista por todos lados: innovación, novedad proyección de futuro. Un futuro que nunca llegó del todo. Pero ahí están también las publicidades holograma que tiran besos y las autopistas que cruzan los cielos. La Victoria de Samotracia decora un salón. Gente que salta de los trenes en movimiento. Una persecución. El Bugatti de los años 20 es interceptado por un Jeep de enormes ruedas y vuela por los aires de tinta negra y pincel seco con los que dibuja Lisandro. Pero… En qué año estamos? 1920? 2020? 2120? Soy Lucas Mercado, vivo en Paraná, camino por la peatonal con un barbijo que hizo mi mamá con retazos de tela. Me regalo varios así que tengo uno en el auto, uno en la moto, otro en la mochila y otro en la biblioteca. Paso por la vidriera de de calzados Beter y recuerdo que había una galería con video juegos al fondo. Entro, meto una ficha para jugar al Doble Dragón, tiro patadas, codazos, levanto barriles, doy rebencazos con cadenas, mis brazos se extienden con los bates de baseball.



Construcciones, trabajo de albañilería, dos arquitectos Flores y Estherren, entre tiros, lanzallamas, navajazos y mucha gasolina (con lo cara que esta la nafta!) nos entregan infinitas puertas que se abren y se cierran. Padres, hijos, poderes, sueños incumplidos, intentos de comenzar una nueva vida mirando el arribo con el ticket en la mano para el próximo tren que nos llevará a ningún lugar.

domingo, 5 de abril de 2020

Utilizar la toalla para cerrar la canilla



En Febrero de 2019 la artista y performer Daniela Arnaudo presenta en la vía publica sobre el Boulevard Galvez de Santa Fe La noche de hoy me mira con letargo. Ahora a 15 días del aislamiento social, preventivo y obligatorio que comenzó a la hora 0 del día viernes 20 de marzo de 2020, aquellas imágenes vuelven, o nunca se fueron.

Las imágenes van y vienen, reaparecen, hacen giros por los aires y se instalan nuevamente. Pujan, insisten, y si bien pueden ser contingentes, situadas y efervescentes, no está solamente en ellas la decisión de su presencia o ausencia en los imaginarios colectivos e individuales. 
Sí aquella noche de febrero "nos miraba con letargo" pienso, ¿Cómo nos mirará hoy? ensayo variables: ¿La noche de hoy me mira con angustia? ¿La noche de hoy me mira con picardía? ¿La noche de hoy me mira complaciente? ¿La noche de hoy me mira con desgano? ¿La noche de hoy me mira con ...?

Daniela esta en cuclillas sobre el pasto, entre arbustos parquizados, repitiendo una acción con una jarra y una fuentecita durante 90 minutos lavandose las manos de manera metódica e implacable "me dan ganas de lavarme hasta las venas para sacarme todos los dolores acumulados en el cuerpo".
Así aquello queda grabado en mi retina y desde ese día, no con la obsesiva frecuencia con lo que lo hacemos hoy, lavo mis manos con su método. Método artístico, pero método al fin.

Me pregunto como las obras de arte moldean consciente o inconsientemente nuestras acciones, nuestros comportamientos cotidianos de manera premonitoria, como y cuando se convierten en los cimientos de lo que estamos siendo.

La organización mundial de la salud recomienda un método, y lo repiten incansablemente en los medios masivos, en redes sociales, en grupos de wahtsapp y hasta en memes: Mojarse las manos /Aplicar suficiente jabón para cubrir toda la mano / Frotar las palmas entre si / Frotar la palma de la mano derecha contra el dorso de la mano izquierda entrelazando los dedos , y viceversa / Frotar las palmas de las manos entre sí , con los dedos entrelazados / Frotar el dorso de los dedos de una mano contra la palma de la mano opuesta , manteniendo unidos los dedos / Rodeando el pulgar izquierdo con la palma de la mano derecha, frotarlo con un movimiento de rotación, y viceversa. / Frotar la punta de los dedos de la mano derecha contra la palma de la mano izquierda, haciendo un movimiento de rotación, y viceversa. / Enjuagar las manos. / Secarlas con una toalla de un solo uso. / Utilizar la toalla para cerrar la canilla.

domingo, 9 de febrero de 2020

La mano y el plumín

En 1915 Franz Kafka escribe una carta a su editor diciéndole que bajo ningún concepto dibujara al insecto en la portada de su libro. Sugiere, en cambio, que el dibujo sea el de los padres y la hermana en la casa iluminada, frente a una puerta abierta que dé a una habitación completamente a oscuras.

El ilustrador Ottomark Starke tomó en cuenta la sugerencia, y en la primera edición de La metamorfosis se puede ver en la tapa al padre de Gregorio llevándose las manos al rostro, de espalda al cuarto, como saliendo de allí atormentado por lo que ha visto.
En La mano y el martillo, pareciera reaparecer aquella carta de principios de siglo. Mauro Koliva, cuyo apellido comienza y termina con las mismas letras que las del autor polaco, astutamente evita ilustrar la portada. La misma está hecha de una cuerina negra, encuadernada artesanalmente, y sólo está su apellido en el lomo: KOLIVA en mayúscula, en una tipografía sin serif, de contraste pleno con el fondo.
Mauro nos trae así hacia el interior de un cuarto, un cuarto esta vez espacio-de-arte-contemporáneo donde transcurre  -cual escenario teatral o sala de proyección- la acción del libro; espacio a la vez donde se produce una metamorfosis, pero que al igual que la de Kafka es inmodificable. Una metamorfosis imposible de redireccionar o que tenga vuelta atrás, sino que nos va arrastrando desde las pestañas, las uñas  y el cuero de las axilas hacia las profundidades de la locura misma.
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Los sábados de mañana en mi juventud eran particulares; por más que me acostara tardísimo caminaba hasta la feria que estaba -y sigue estando- en la esquina de calles Salta y Nogoyá de Paraná. Intentaba llegar antes de las 11:30 y revolvía la mesa de libros y revistas de canje que religiosamente el señor que atendía empezaba a juntar a las 11:55. Eran minutos intensos que marcarían mis lecturas de la semana.  Todo era para mí nuevo, asombroso y barato. Allí pude conseguir muchísimos números de la FierroZona84El pénduloEl víboraMetal HurlantSkorpio. Encontraba en las portadas a Chichoni, Richard Corben, Moebius, Enki Bilal, Ciruelo.
Una seguidilla de nombres propios que podrían ser inconducentes, pero estimo que ahí está el caldo de cultivo que nos presenta Mauro Koliva: carne que se despliega voluptuosa sobre colchones humedecidos, hierba, volutas de humo espeso que se despeja y del cual emergen figuras monstruosas, habitaciones vacías y larvas que se acercan arrastrándose, miradas extasiadas frente a jeroglíficos imposibles de traducir, cuadros abstractos geométricos, cabellos, melenas, rulos, pelo por todos lados, erupciones biliares, roedores, ¡Oscar Bony! Fuerzas de seguridad en servicio con armas reglamentarias en sus fundas, lentes bifocales, roedores nuevamente, cuerpos gestantes, platos de avena…
Y así podría seguir un buen rato porque en 240 dibujos, uno por página, solo blanco y negro, sólo tinta sobre papel, sólo línea, sin texto, sin globos de diálogo, Mauro Koliva nos va sumergiendo -como en el episodio 8 de Twin Peaks – en su propia declaración de principio y relato de origen. Ahí esperan, fermentando en frascos con restos de mermelada, ver la luz o el hongo nuclear los seres que habitan en La mano y el martillo. Habría un guiño de Mauro al universo de Lynch; están los pisos en perspectiva, las puertas que se abren, las cortinas, los bichos que entran por la nariz o por la boca, la espesura, lo desmedido y un método:  el travelling y el zoom. Los dibujos del libro están en constante flotación, se van desplazando en la escena que gira, avanza, se detiene, se acerca, pero a un ritmo indefinible, cada vez más hacia adentro, cada vez más hacia afuera.
Un martillo no es un martillo sin una mano que lo martille, el martillo cual ready made duchampeano, un martillo roto no es un martillo sino madera con hierro, una tecnificación de la mano y una unidad indisoluble, dos cosas que ya no son por separado, la mano y el plumín, para liberar una energía y accionar un mecanismo: este libro.
 
Publicado en El Flasherito Diario, sobre el libro La mano y el martillo de Mauro Koliva 2019

miércoles, 2 de octubre de 2019

Nariz y mentón



Spinning dancer es una ilusión óptica de la silueta de una bailarina sin sombras, sin volumen, toda negro, que gira apoyada en un pié hacia la izquierda o hacia la derecha dependiendo de quien observa su sentido de rotación. Encuentro en internet una posible definición: “Nuestro sistema es visual, si tiene una opción, parece preferir la vista desde arriba (…) Es un sesgo perceptivo. Es lógico suponer que estamos mirando sobre los objetos que se encuentran en el suelo debajo de nosotros, en lugar de que estén flotando en el aire por encima de nosotros, como en el caso de la señorita giratoria”. Así, algunos días solemos verla girar hacia un lado o hacia el otro, dependiendo de si la miramos “desde arriba” o “desde abajo”.

A partir de esto, pienso qué pasa con el video “Plegarias profundas” de Daniela Arnaudo. La obra está compuesta por una gran sábana blanca matrimonial antigua, donde se proyecta un video en el cual la artista realiza de espaldas un movimiento de balanceo, se para y se arrodilla, como un gesto devocional y hasta diría de dolor. Los videos están hechos en espacios amplios y abiertos, al aire libre.  La cámara fija y la disposición simétrica del paisaje y de la artista comienza en mi cabeza después a generar el mismo efecto que la bailarina. Pero hay una diferencia, no estoy seguro si Daniela se está arrodillando constantemente o  parando constantemente. Es como si el ir hacia adelante o hacia atrás en el tiempo fuese su juego. No sabemos si estamos yendo hacia al pasado o viniendo al futuro, y ahí está su merito. Es una cuestión de percepción y con eso entramos a participar, entre otras opciones, de su obra.

Lo mismo sucede con la gran pieza de pintura y bordado “Instinto”, que por su dimensión nos obliga a alejarnos y acercarnos, donde de lejos un león juega entre sus patas con un caballito y detrás un oso hormiguero persiguiendo hormigas, pero al acercarnos comienzan a suceder otras cosas, ahora el color vuelve confuso el episodio. ¿Qué están haciendo esos bichos ahí?
Se nos plantea así  una tensión entre las distancias, ángulos, y dislocaciones que atraviesan tanto el cuerpo de la artista como el nuestro, proponiéndonos desde dónde ver su obra, siempre a tientas, siempre sigilosamente.


Entrando al museo, hacia la derecha se despliega la instalación/espacio performativo “Debe Haber” en el que vemos como la artista va reproduciendo, transcribiendo con dibujos de la manera más exacta posible un inventario de animales creado por su bisabuelo Bartolo en la década de 1950. Pienso en las evidencias, en los desfasajes temporales, que pasó entre aquel dibujo de su bisabuelo y el que está, en este momento realizando la artista? ¿Cómo descansan, juegan, se reproducen y alimentan esos enciclopédicos animalitos? Daniela Arnaudo nos facilita la tarea, no hubo un corte, un congelamiento y ahora un salto abrupto. En el transitar de su acción de a poco los va desvelando, desadormeciendo, desempolvando, y renutriendo, haciendo que esa transición, entre la presencia y el olvido sea lo más amable posible.

En tiempos de instantes cortos, fugaces, de múltiples estímulos, la insistencia en la repetición de un simple movimiento cansa, desespera o calma”. Bajo esta premisa me animo a decir que a la Bailarina giratoria, al Desvanecimiento de Troxler, y a la Persecución del Lila, se suma una nueva ilusión óptica: La Insistencia de D.A. y se podría enunciar de la siguiente manera: Fijar un punto en la sala equidistante a las tres obras que componen “Permiso para morir un poco”, luego caminar en línea recta hacia una de ellas con el mentón recto hasta casi apoyar la nariz  y dejar que nuestra vista repose unos segundos. Luego caminar hacia atrás sin despegar la vista hasta volver al punto inicial. Una vez llegado a ese punto rotar los hombros 120ºgrados y encarar hacia la siguiente obra y realizar de igual manera el trayecto (vista y mentón). Lo mismo con la tercera obra hasta volver al punto inicial, completando así los 360º. Cumplido este trayecto no sé bien que sucederá, pero habremos hecho nuestra parte.

DanielaArnaudo. Permiso para morir un poco. Museo de arte contemporáneo UNL. Bv. Gálvez 1578. Santa Fe. 5 de septiembre de 2019.


miércoles, 24 de julio de 2019

Patas de mueble de bronce



Le escribo a Julián, a Raúl, y a Manuel, para que vayamos a ver una muestra a Santa Fe, que yo pongo el auto, pero les aclaro que volvemos temprano porque no puedo tomar, y cuando salgo no puedo no tomar algo. Esto en realidad no fue escrito, sino enviado como mensaje de audio. Me dice Manuel que no se entiende nada, y es cierto, estaba el micrófono tapado, mi voz se escucha entrecortada, y hay que ponerse muy cerca del odio el celular como si pareciera que no quisieras que nadie más lo escuchara. Un rumor, un sonido.
La muestra está compuesta por una serie de objetos en apariencia de otra época, tal vez de una niñez lejana, anterior a la mía y seguro anterior a la niñez de lxs artistas expositorxs. Son objetos de cobre y bronce, telas bordadas blancas ya amarillentas, encajes, mantillas, porcelanas, marmolados, nacar, ganchos, floreros, y aceiteras. Las paredes no tienen el blanco pulcro tradicional, sino un tono levemente bajo, color arena, o canela clara. Las piezas están iluminadas con luz fluorescente. Pienso, lo que ese reflector ilumina no son las obras sino la sala en su totalidad, baña el ambiente y las jerarquías que podrían generarse entre las obras, se estabiliza. Entrar no es para recorrer sino para sumergirse en el espacio que se genera.
En “Elogio de la sombra”, Junichiro Tanizaki, dice: “Nosotros también utilizamos hervidores, copas, frascos de plata, pero no se nos ocurre pulirlos como hacen ellos” en referencia a la obsesión de Occidente por la luz, y la idea de pureza, asepsia, y esterilidad ligada a la luminosidad que se le confiere a los objetos: “La vista de un objeto brillante nos produce cierto malestar”, agrega el autor sobre las preferencias culturales del Lejano Oriente.
Los objetos que habitan la muestra que estoy visitando y que se titula “Murmurar Estanco”, si bien son objetos de Occidente, sintonizan con la premisa de Tanizaki, no están presentes en la sala por su frontalidad y luminosidad sino por su aparente parcialidad, por su carácter esquivo, y por la sutil pátina difusa que tienen lo que nos remite a otro tiempo. No un tiempo antiguo sino a un tiempo paralelo. Un tiempo que puede entenderse como eterno, tomando a Borges, quien en un fragmento de un poemario suyo, llamado también "Elogio de la sombra" escrito ya ciego dice: “Esta penumbra es lenta y no duele;/ fluye por un manso declive/ y se parece a la eternidad”.
En ese tiempo, se generan extrañas convivencias.
¿Qué hace ahí ese bastón? Apoyado en el ángulo de la pared, sosteniendo una patena o cenicero, y cómo dialoga con el cajón con un dije redondo que parece a su vez un escudo. Y eso de ahí arriba vendría a ser un… gancho? Pienso que la clave está, y en donde reside la fortaleza y extrañeza de los objetos, es en que no son del todo lo que fueron, es decir, dudo ahora si eso es un bastón, y un cenicero, dudo de si es un jarrón o un caracol. Son el encuentro de los objetos en la sala, en esa medialuz, fruto del amor? Suena  a lo lejos un rico son: “Hay un suave murmullo, En el silencio de una noche azul, Son dos enamorados, Que, encantados, gozan del amor…”
Le escribo a Clarisa, curadora de la muestra, le pregunto si hay diferencia entre susurrar y murmurar, le cuento que me hizo acordar a Los susurradores, unos tubos de papel, que se usa para decir al oído por lo general, un poema, un cuento o una frase, en cómo se genera un vínculo entre quien susurra y quien escucha, en la necesidad de una escucha atenta, una escucha que nos transforma el rostro, una escucha que no llama necesariamente a la acción, una escucha en la que nos percibimos como sujetos de escucha. Le digo que tal vez sería un buen disparador para escribir sobre la muestra, pero ya me fui por las ramas.
Clarisa me cuenta y me pasa un texto maravilloso de Arturo Carrera sobre un murmullo compuesto de muchas voces, muchas bocas y quedamos en seguir conversando.
Al rato me comunico con Kevin, le cuento un poco de la muestra y le pregunto cómo se llama el poemario de Carrera que leímos en su taller. El me dice que Children´s corner, y no encuentro las fotocopias del fragmento que trabajamos, pero encuentro otro, que conecta, de alguna manera con lo expuesto: “A lo lejos escucho…/ una niña que a su madre indica/ cómo deberá disponer unas flores. / La radio clásica que tirita en los fadings… / El ojo de la sombra envejece/ y los álamos plateados ya no conquistan / el intenso parpadeo purpúreo.” Y con esto termino.

Murmurar estanco. de Inés Beninca y Gaspar Nuñez con Curadría de Clarisa Appendino en Fuga Galería Santa Fe. 6 de julio a 6 de agosto de 2019.