lunes, 27 de noviembre de 2017

Me llamaba la atención la forma en que las miraba


Volviendo en el cole desde Santa Fe, después de ver “Invisibles y Salvajes” en el Museo Rosa Galisteo, se me vino a la mente el comienzo de la canción de Intoxicados que dice masomenos “solía verla siempre, mirando las guitarras/ y me llamaba la atención, la forma en que las miraba”. En el momento no encontré ninguna relación pero todo empezó a decantar, y a enredarse también, cuando una piensa la curaduría como un recorte y cómo compartir, contagiar ese recorte, cómo hacer que otros ojos acompañen nuestra mirada y también esa mirada se amplíe, que pueda generar sus propios recorridos, sus propias lógicas, que la mirada del otro no nos ciegue. La muestra se presenta desde su complejidad. El material de folletería que disponemos al entrar a la sala nos ofrece una vista arquitectónica, un plano del museo con la sinopsis de cada sala pero atravesada por líneas como hechas a mano en gris, que generan una trama con posibles recorridos, o nodos, o palabras claves. Esta trama contrasta con el guía del museo, cuando intenta traducir en palabras lo que sucede en cada sala: la imposibilidad de establecer jerarquías y un recorrido lineal de la muestra en general. Aunque suene redundante, es una muestra que necesita ser vista y confieso que antes de ir a verla no tenía ni idea de qué se trataba. Cada sala es como una cebolla que se va deshaciendo y van surgiendo nuevas capas, pero que, acertadamente, no pone en primer plano el procedimiento, el recorte, sino a la obra propiamente dicha, para que una vez que hayamos entrado en ella, podamos volver al texto y del texto, volver a las obras para transitarlas de una manera diferente. Este dato es significativo en la medida que entendemos que ambas curadoras, Raquel Minetti y Victoria Ferreyra, además de docentes son artistas, e intuyo que se habrá presentado en ellas mismas esa dualidad, esa tensión al momento de pensar esta muestra. Sumo a lo anterior: Para cada sala las curadoras invitaron a otrxs curadorxs a repensar la colección y en su mayoría, si no me equivoco son artistas muchos de los cuales tienen obra que forma parte de la colección del museo. Así la muestra puede entenderse como una cinta de Moebius que sintoniza con el lema del museo en la actual gestión que reza “El Rosa pensándose a sí mismo”.
Algunas preguntas sobre el patrimonio puesto en funcionamiento en el marco de una muestra. ¿Es necesario que la obra recupere un status previo al momento de haber ingresado a la colección? ¿Son esas obras legibles por fuera del contexto del que forman parte? ¿Para esa obra nada volverá a ser lo mismo? ¿O se mantendrá inalterable aunque lleve viviendo más tiempo dentro de la institución que afuera? ¿Son las guitarras de la canción las obras del museo, las que miran Raquel y Victoria, y nosotros los que las miran a ellas, y a través de ellas, a las guitarras?

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Los vértices de un triángulo



El triángulo invertido es la forma que se me viene a la mente cuando entre a ver la muestra Oda a la Intemperie de Diana Campos, Victoria Ruíz Díaz y Eugenia Bracony. La distribución en las salas me lleva a eso. El Museo de Bellas Artes de Entre Ríos convertido en un tatetí: en el medio abajo yo, al costado izquierdo la permanente de C B Quirós, al derecho la deliciosa muestra patrimonial, al medio Eugenia Bracony, superior izquierdo Diana Campos, superior derecho Victoria Ruíz Díaz.

Perdón... arranqué medio trabado, pero pienso en la forma del triángulo invertido como fecundidad, como femeneidad, en el equilibrio de las fueras, fuerzas del afuera, de la naturaleza y creo que por ahí va la cosa si tenemos en cuenta el título de la muestra.
Pienso también en cuando uno busca forma de letras para recorrer visualmente una obra, pienso en la V, en la cual uno entra por el punto de unión de más abajo y luego se recorren ambos caminos a la vez, como si la obra de Eugenia fuera el vehículo, motor, canal, a la obra de las otras dos artistas.

Tuve la oportunidad de visitarla acompañado por Diana, y le pregunte por la disposición del espacio y qué onda con eso, y me contó que había sido propuesto por la coordinación del Museo y creo que si bien las obras funcionan en salas separadas y son casi tres individuales podrían haber convivido o continuado espacialmente en las salas.



Entro en la obra de Eugenia y flasheo con que la obra hecha de barro se fue secando durante los días de la muestra y me lamento no haber ido más seguido. La sala principal del Museo es la que da la sensación que tuviera el techo más alto y esta bueno porque la obra de Eugenia en algún punto necesita un techo alto, son como cráteres que impulsaran la vista hacia arriba, hacia el vacío, donde en apariencia no estaría la obra ( que está abajo) pero que de algún modo continuara, Necesita aire, nos necesita a nosotros alrededor para que las piezas se vayan secando, nuestro aliento dando vida a las obras, y la obra a su vez absorbiéndonos, madurando, envejeciendo juntos, con lo maravilloso que eso puede ser. Pienso: Un museo es el lugar donde, también, se envejece.



Paso la sala principal y a la izquierda está la obra de Diana que excede el espacio físico asignado. Es una sala pequeña con unas molduras que hacen bajar la luz del techo, pero con unos ventanales importantes y dos puertas pasos curvos enormes.
 La obra está hecha de ramas como manos de monstruos dedos ( vieron La Aldea de Shyamalan? Bueno, algo así) estirados, que se cruzan en el medio por nudos que abren en abanico las ramas secas y en el suelo una suerte de sedimentos.
También esas ramas tienen algo de arqueológico, como una especie rara prehistórica, un ave y sus huesos.
 La artista invitó al publico a que colgara interviniera la obra con semillas carteles y cosas varias: Al pie de la obra un cartel dice: Donde esta Santiago los Maldonado?
 La construcción de la obra de Diana me recuerda a la obra de Jorge Macchi “un charco de sangre” donde líneas temblorosas de recortes de diarios se encuentran en una serie de renglones en el medio con esa frase y luego vuelven a abrirse siguiendo las frases en otras bifurcaciones. Muchos caminos ramas pero los mismos nudos, las mismas trabas, los mismos problemas en común.
 Pienso un Museo es un punto de contacto.



Giro, vuelvo sobre mis pasos y esta la obra de Vicky con obras grandes de 250 x 150 cm aprox, carbonillas sobre lienzos en la sala mas  cubo blanco del museo, donde mejor se aprovechan las paredes para las obras que se cuelgan. Son paisajes tupidos de los que se asoman animales escondidos, imágenes reversibles donde una vez que descubres la liebre no puedes dejar de verla. Le pregunto a Diana como hicieron para traerlas, si ya estaban terminadas, o si la terminó en el museo y me dice que algunas sí, y que otras se terminaron una vez montadas.

En los tres casos las obras se terminaron de hacer en el mismo museo, desde el secado de las piezas y su construcción, desde las intervenciones que le dan sentido, y desde la influencia de la luz al momento de producir un dibujo.

El paisaje entrerriano, su poética, como mito fundante y relato es lo que aquí se respira, eso que se está haciendo.

Pienso el Museo como lugar de origen.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Dime cual es tu nombre

“De repente en primavera…” así comienza el texto del dorso de la postal de la muestra en la Galería GAP. El texto no lleva firma, pero se me vuelve familiar, reconocible, próxima: intuyo, es la letra, el grafismo de Carlos Asiaín, el artista poeta tal vez mas influyente en las siguientes generaciones y vinculo magnético con la ciudad.




Los dos libros que tengo de él en casa, “Diario de gatos y de ángeles” y “La invitada” acertadamente reproducen su escritura a mano alzada, una cursiva de maestro de escuela, amable, una letra para completar renglones, línea que nunca tuerce, a lo sumo se balancea. Las tías, primas y madres docentes, los familiares que solo hicieron hasta los primeros grados, que quedaron en esos trazos inocentes, escriben así. 

Escribir tiene su costado físico, es desplazar una punta sobre una superficie y dejar una huella. Lo mismo sucede con el dibujo, y eso de algún modo atraviesa la muestra: el trazo y la huella.

Digo que Asiaín es influyente porque, si bien podemos encontrar en él la influencia del dibujo de Gloria Montoya y de otros que lo precedieron, es en la obra de Asiaín que se referencian las generaciones intermedias y los más jóvenes, bah esos jóvenes de casi 40 que siguen siendo medio jóvenes, la historia del dibujo del siglo xx y xxi de Paraná. 


Entro en la muestra de Carlos Asiain, Gloria Daneri, y Miguel Vesco y lo primero que noto es que no hay texto en la sala, nada, ni los títulos de las obras, ni sus medidas técnicas o año, no hay nombre de la muestra, solo un afiche en la entrada, que dice en mayúsculas separados con guiones ASIAIN – DANERI – VESCO.

Converso con Gloria sobre esto, que a la vez esta haciendo de anfitriona, y me cuenta sobre esa decisión y le digo que es una decisión fuerte, creo que le dije eso, y si no lo pensé y se lo hice notar y pienso en la potencia de los nombres.

El arte de esta ciudad se ha hecho a partir de nombres propios, nombres de individuos o de grupos, pero nombres al fin. Creo que la construcción de la escena artística local, campo, o como se lo quiera llamar, no está ni estuvo hecho de obras o movimientos artísticos emblemáticos, ni de gestiones, espacios o estéticas, sino de personas sueltas reunidas aquí y allá transitando y conviviendo en un contexto que le es adverso. Contexto muchas veces complaciente, flojo, autoindulgente, pero adverso al fin.
No es ni bueno ni malo, es.


Releo Sobre la autobiografía de Jorge Baron Biza: el nombre es lo que nos va a sobrevivir, y todo lo que carguemos en él, el nombre en nuestra lapida y unas breves líneas que nos conecten con el infinito y con el mundo subterráneo, que también es infinito. 
Todo lo que a nuestro nombre se adhiera nos sobrevivirá. En el caso de Carlos Asiain, la poesía y la soltura de tiempos lejanos y por venir, de Gloria Daneri, los legados, la cotidianeidad y la raigambre, en Miguel Vesco una frescura que dialoga con los canales altos del cable, la música de fm después de las 12 y las cartas de tarot dibujadas en hojas cuadriculadas con papel carbónico.


Debería ir a ver la muestra de día, o debería ser una muestra que esté abierta solo de día, que cuando el sol cae, cierra. Es que debe entrar una hermosa luz durante el día, marmoladas las obras por los lapachos de la vereda y las dos palmeras del patio interno de la galería, la sala tiene unos ventanales enormes, el 40 % de la sala es vidrio que da al exterior y otro 60% de la sala es pared donde están las obras. Desde el centro solo rotando el cuerpo y un poco el cuello se puede ver la obra de los tres artistas, se puede ver, pero en parte, son como habitaciones a las que uno se asoma por la puerta, hay tabiques que nos dificultan la visión 360 total. Así entonces en un espacio de unos 24 mtrs2 es necesario mover los pies para ver la muestra completa. 


Me alegra ver que la obra de Daneri vendida es la que yo hubiese comprado, es una con unas texturas que parecen cascadas pedregosas, aceitosas, resbaladizas, o de diarios viejos o papeles de guías telefónicas que fueron quedando en la casa. Es una obra pequeña de impronta vertical, pero rasgadas de manera horizontal que genera una cosa como reversible, ahora como una trama, ¿¡o una trampa?!, entonces no se si la estoy viendo al derecho o al revés, es cuadradita de unos veinte centímetros de lado sobre un paspartout. Ya me imagino a los montajistas, llamando fuera de hora pidiendo que le pasen por wassap como colgar la obra los días antes de la inauguración, un embrollo, un delicioso embrollo!!
Son como tres muestras individuales separadas espacialmente pero que a la vez dialogan y se entrecruzan, es como un juego de cassin o billar, bolas que rebotan entre las obras: nosotros la bola empujada por un palo misterioso maniobrado por Carlos Gloria y Miguel. De golpe me convertí en pivote y trompo, giro la cabeza como Linda Blair y ya estoy medio poseso, se me arman conexiones en la cabeza.



Sera que esa es Graciela Dufau y alguien le está alcanzando un porro desde un fuera de campo?!, estas son pinturas pintadas frente a un tele (pienso en modo Lucas/Blair) mientras juegan al juego de la copa, son las cosas que se nos pasan de largo en el zapping, yo jamás me quedé a ver una peli o algo de Alejandro Doria, pero ahí lo veo enmarcado, como en bábia, la mirada revirada y ya quiero llegar a casa agarrar youtube y ver que hay, previo anotarlo en un mensaje de audio para no olvidarme. Ya frente a la compu me doy cuenta que vi “esperando la carroza” “Darse cuenta” y “cien veces no debo”, pero quiero MAS. Cuantas cosas están pasando en el fuera de campo en las obras de Miguel, tuve que entrar a su blog para chequear algunas cosas, esa es Nana Caymmi, pero yo la conocía mas grande y grandota, son como si las obras nos dijeran, hey, están viendo una partecita del todo. Por otro lado esta su Olimpo Personal: con la editorial Parientes publicamos un fanzine llamado Himnos donde ejercita el dibujo y la rima en ese universo, pero mucho menos safado que acá.
Acá todos nos muestran el pito, es el mundo de la gente en pelotas, y encima las obras están colgadas medio altas, en el sector que para acceder hay una barra y unos escalones ( y con rima digo) y los pitos picarones en el centro exacto de las obras… nos apuntan a la cara!. Miguel nos repite: esto es un artificio, son sólo colores comprados en una artística mezclados de cierta manera sobre un lienzo, compartiendo una sala con otras cosas, iluminados con dicroicas, en un lugar impersonal, en la calle mas paqueta de la ciudad, MAS TAMBÉM ALGO MAIS.